🤯¿por qué la escuela sigue igual?
Imagina por un momento que una persona de principios del siglo XX pudiera viajar hasta nuestros días.
Probablemente tendría dificultades para reconocer muchas de las cosas que encontraría.
Vería pequeños dispositivos capaces de conectar instantáneamente a personas separadas por miles de kilómetros. Automóviles eléctricos. Videollamadas. Robots. Satélites. Algoritmos capaces de recomendar qué película ver. Sistemas de inteligencia artificial que pueden conversar, traducir idiomas, analizar documentos, crear imágenes, programar y explicar conceptos complejos en cuestión de segundos.
El mundo le parecería extraordinariamente diferente.
Ahora imaginemos que esa misma persona entra en un aula.
Quizás allí encontraría algo mucho más familiar.
Un profesor al frente.
Estudiantes agrupados aproximadamente por edades.
Horarios.
Asignaturas separadas.
Evaluaciones.
Periodos académicos.
Y muchas personas aprendiendo contenidos similares aproximadamente al mismo tiempo.
Entonces aparece una pregunta incómoda:
Si el mundo cambió tanto, ¿por qué muchas estructuras de la escuela siguen resultándonos tan familiares?
La respuesta no es tan sencilla como afirmar que la educación se quedó atrapada en el pasado.
Y precisamente por eso vale la pena analizarla.
La escuela sí ha cambiado
Existe una afirmación muy atractiva que suele circular cuando hablamos de innovación educativa:
“La escuela prácticamente no ha cambiado en cien años”.
El problema es que, tomada literalmente, es falsa.
La educación ha experimentado transformaciones enormes.
Han cambiado los currículos, las metodologías, la formación docente, los recursos educativos, la incorporación de las mujeres a todos los niveles de enseñanza, el acceso de grupos históricamente excluidos, las concepciones sobre infancia y aprendizaje, la educación especial, las tecnologías disponibles y las propias expectativas sociales sobre lo que significa recibir una educación.
Hoy encontramos aprendizaje basado en proyectos, educación híbrida, aulas virtuales, laboratorios, simulaciones, plataformas digitales, recursos multimedia y numerosas metodologías que habrían resultado inimaginables hace un siglo.
Por tanto, la pregunta interesante no es:
¿Por qué la escuela nunca cambió?
La pregunta debería ser:
¿Por qué algunas de sus estructuras fundamentales han sobrevivido mientras el mundo que las rodea se transformaba radicalmente?
Y aquí comienza el verdadero problema.
Cuando educar a millones se convirtió en un desafío
https://youtube.com/@iranalonso4179?si=2oKSy5WFyV5L4IRc
La escuela moderna no apareció de repente ni fue diseñada por una sola persona siguiendo un único modelo.
Es el resultado de una larga evolución histórica.
Sin embargo, durante los siglos XIX y XX la expansión de los sistemas nacionales de escolarización planteó un desafío extraordinario:
¿Cómo proporcionar educación formal a poblaciones cada vez mayores?
Era necesario organizar.
Organizar estudiantes.
Organizar profesores.
Organizar conocimientos.
Organizar espacios.
Organizar tiempos.
Y organizar evaluaciones.
La agrupación por edades, los grados, los horarios, las asignaturas y la estandarización permitieron administrar sistemas educativos cada vez mayores.
No deberíamos cometer el error de observar esas decisiones únicamente desde nuestra realidad tecnológica actual.
Muchas respondieron a problemas reales de su tiempo.
La escolarización masiva permitió ampliar extraordinariamente el acceso al conocimiento y convirtió la educación en una institución fundamental de las sociedades modernas.
El problema aparece cuando hacemos otra pregunta:
¿Las estructuras que permitieron organizar la educación de millones de personas continúan siendo las mejores para educar en el siglo XXI?
Mientras tanto, fuera de la escuela ocurrió una revolución
Durante buena parte de la historia humana, acceder al conocimiento era difícil.
Los libros eran escasos.
Las bibliotecas concentraban información.
Las universidades reunían especialistas.
Los profesores poseían conocimientos a los que muchos estudiantes difícilmente podían acceder por otros medios.
Pero Internet comenzó a modificar profundamente esa relación.
Hoy una persona puede llevar en su bolsillo acceso a más información de la que una enorme biblioteca podía almacenar físicamente hace algunas décadas.
Podemos consultar artículos científicos, bibliotecas digitales, cursos, conferencias, documentales, bases de datos y recursos educativos desde prácticamente cualquier lugar conectado.
Y cuando parecía que esa transformación ya era suficientemente grande, apareció la inteligencia artificial generativa.
Entonces ocurrió algo todavía más interesante:
dejamos de limitarnos a buscar información y comenzamos a conversar con ella.
Cuando obtener una respuesta cuesta segundos
Un sistema de inteligencia artificial puede explicar un concepto.
Puede resumir un documento.
Comparar dos teorías.
Traducir un texto.
Generar ejemplos.
Ayudar a programar.
Proponer hipótesis.
Crear ejercicios.
Analizar información.
Y responder preguntas en segundos.
Esto no significa que sus respuestas sean siempre correctas.
Precisamente ahí comienza uno de los grandes desafíos educativos de nuestra época.
Si obtener información resulta cada vez más sencillo, evaluar la calidad de esa información se vuelve cada vez más importante.
La pregunta educativa, por tanto, cambia.
Durante mucho tiempo podíamos pensar:
¿Cómo conseguimos que el estudiante conozca esta información?
Ahora debemos añadir:
¿Qué puede hacer el estudiante con esa información?
¿Puede analizarla?
¿Puede contrastarla?
¿Puede descubrir errores?
¿Puede relacionarla con otros conocimientos?
¿Puede formular mejores preguntas?
¿Puede distinguir evidencia de opinión?
¿Puede utilizarla responsablemente?
La OCDE ha planteado precisamente la necesidad de reconsiderar qué conocimientos, habilidades y actitudes deberían priorizar los sistemas educativos ante el avance de la inteligencia artificial.
El desafío ya no consiste simplemente en incorporar tecnología a las aulas.
Consiste en reconsiderar qué significa aprender cuando determinadas tareas cognitivas pueden ser realizadas también por máquinas.
Entonces… ¿memorizar ya no sirve?
https://youtube.com/@iranalonso4179?si=2oKSy5WFyV5L4IRc
Aquí debemos evitar otro extremo.
Si Internet y la inteligencia artificial pueden recuperar información rápidamente, podríamos concluir:
“Ya no necesitamos memorizar nada”.
Eso también sería un error.
Para pensar necesitamos conocimiento.
Una persona que desconoce completamente un tema tendrá dificultades incluso para formular buenas preguntas sobre él.
Y existe un problema todavía mayor.
¿Cómo podemos descubrir que una inteligencia artificial está equivocada si nosotros no sabemos absolutamente nada sobre aquello que le preguntamos?
El pensamiento crítico no aparece en el vacío.
Necesita conocimientos con los cuales comparar, relacionar, interpretar y cuestionar nueva información.
Por eso la verdadera discusión no debería enfrentar:
memoria contra tecnología.
Ni:
profesor contra inteligencia artificial.
Ni siquiera:
escuela tradicional contra escuela digital.
La pregunta más interesante es:
¿Qué conocimientos necesita una persona para pensar bien en un mundo donde puede acceder instantáneamente a enormes cantidades de información?
La realidad no viene dividida en asignaturas
Existe otra característica interesante del sistema educativo.
Dividimos el conocimiento.
Matemáticas.
Historia.
Economía.
Lengua.
Física.
Biología.
Filosofía.
Informática.
Esta división resulta extremadamente útil para organizar el conocimiento y profundizar en disciplinas específicas.
Pero la realidad tiene una costumbre bastante incómoda:
no respeta nuestras asignaturas.
El cambio climático no es exclusivamente un problema de ciencias naturales.
También involucra economía, política, tecnología, comportamiento humano, ética y comunicación.
Una empresa no funciona únicamente con matemáticas.
Necesita creatividad, comunicación, tecnología, economía, liderazgo y capacidad para resolver problemas.
La inteligencia artificial tampoco pertenece únicamente a la informática.
Plantea cuestiones económicas, laborales, educativas, psicológicas, jurídicas y filosóficas.
Los grandes problemas humanos son interdisciplinarios.
Sin embargo, muchas veces seguimos presentando el conocimiento como si estuviera almacenado en pequeñas cajas independientes.
Quizás el desafío no sea eliminar las disciplinas.
Quizás sea enseñar también a conectarlas.
Treinta estudiantes, treinta formas de aprender
Existe además otra tensión.
Imaginemos treinta estudiantes de aproximadamente la misma edad.
¿Por qué deberíamos asumir que todos necesitan exactamente el mismo tiempo para comprender un concepto?
Sus conocimientos previos son diferentes.
Sus intereses son diferentes.
Sus experiencias son diferentes.
Sus fortalezas también.
Uno puede necesitar diez minutos.
Otro treinta.
Otro quizás necesite visualizar el problema.
Otro comprenderlo mediante un ejemplo.
Otro discutirlo.
Otro experimentar.
La personalización del aprendizaje parece entonces una solución evidente.
Pero inmediatamente aparece otro problema.
Los sistemas educativos no deben educar solamente a una persona.
Deben garantizar oportunidades educativas a millones.
Y aquí encontramos una de las grandes tensiones de la educación contemporánea:
personalizar sin renunciar a la universalidad.
La tecnología y la inteligencia artificial podrían ayudar enormemente en ese desafío, pero tampoco constituyen por sí mismas una solución.
Poner una pantalla no transforma la educación
Existe una imagen que resume bastante bien el problema.
Imaginemos un aula tradicional.
Sustituimos la pizarra por una pantalla digital.
Los libros por tablets.
Los cuadernos por computadoras.
Las fotocopias por archivos PDF.
¿Tenemos entonces una nueva educación?
No necesariamente.
Podemos digitalizar perfectamente una práctica antigua.
Una clase puede utilizar la tecnología más moderna disponible y continuar concibiendo al estudiante únicamente como receptor pasivo de información.
La verdadera innovación educativa no consiste simplemente en cambiar herramientas.
Consiste en preguntarnos qué hacemos con ellas y para qué las utilizamos.
Y precisamente ahí la discusión deja de ser tecnológica.
Se vuelve filosófica.
La pregunta que ninguna tecnología puede responder
Antes de decidir cómo debería funcionar la escuela necesitamos responder algo mucho más profundo:
¿Para qué educamos?
¿Para transmitir conocimientos?
¿Para preparar trabajadores?
¿Para formar ciudadanos?
¿Para desarrollar pensamiento crítico?
¿Para aprender a convivir?
¿Para alcanzar autonomía?
¿Para comprender el mundo?
¿Para transformarlo?
¿Para desarrollar una vida plena?
Probablemente responderemos: para varias de esas cosas.
Pero decidir cuáles priorizamos cambia completamente nuestra manera de entender la educación.
Porque antes de decidir cómo enseñar, necesitamos preguntarnos qué clase de persona esperamos ayudar a formar.
Y esa pregunta no nació con ChatGPT.
Tiene miles de años.
La tecnología cambia. La pregunta permanece.
Mucho antes de Internet, filósofos y educadores ya discutían qué significa enseñar y aprender.
Sócrates convirtió la pregunta en una herramienta educativa.
Platón reflexionó sobre la relación entre conocimiento, virtud y formación.
Rousseau cuestionó profundamente cómo debía educarse al individuo.
John Dewey defendió una educación vinculada con la experiencia y la democracia.
Paulo Freire criticó una concepción educativa en la que el estudiante simplemente recibe conocimientos depositados por otros.
Sus contextos históricos eran completamente diferentes.
Pero detrás de muchas de aquellas discusiones continúa apareciendo la misma pregunta:
¿Qué significa realmente educar a un ser humano?
La inteligencia artificial no elimina esa pregunta.
La hace todavía más urgente.
¿Qué ocurre con el profesor?
Si un estudiante puede obtener una explicación en segundos, alguien podría preguntarse:
¿seguiremos necesitando profesores?
Quizás estamos formulando mal la pregunta.
Durante siglos, una de las funciones del profesor estuvo relacionada con proporcionar acceso a conocimientos difíciles de obtener por otros medios.
Pero enseñar nunca consistió únicamente en transmitir información.
Un profesor puede ayudar a formular preguntas.
Detectar errores de razonamiento.
Relacionar conocimientos.
Crear experiencias.
Provocar curiosidad.
Orientar.
Contextualizar.
Dialogar.
Evaluar procesos.
Acompañar dificultades.
Y ayudar a desarrollar criterio.
Precisamente cuando tenemos acceso a una cantidad extraordinaria de información, algunas de esas funciones podrían adquirir todavía mayor importancia.
Porque aparece una de las grandes paradojas educativas de nuestro tiempo:
nunca tuvimos tanta información disponible y, al mismo tiempo, nunca necesitamos tanto criterio para decidir qué hacer con ella.
Entonces, ¿debemos destruir la escuela y comenzar nuevamente?
https://youtube.com/@iranalonso4179?si=2oKSy5WFyV5L4IRc
No.
Sería una conclusión demasiado sencilla.
La escuela proporciona algo que ninguna aplicación puede garantizar por sí sola:
un espacio social para aprender con otros.
La educación también es encuentro.
Conversación.
Conflicto de ideas.
Cooperación.
Convivencia.
Descubrimiento.
Construcción colectiva.
El desafío no consiste necesariamente en sustituir la escuela.
Consiste en preguntarnos qué elementos debemos conservar, cuáles transformar y cuáles quizás ya no responden adecuadamente a nuestra realidad.
Algunas prácticas antiguas pueden continuar siendo extraordinariamente valiosas.
Y algunas prácticas aparentemente modernas pueden ser simplemente viejas formas de enseñar escondidas detrás de una pantalla.
El verdadero cambio comienza antes de la tecnología
Quizás llevamos demasiado tiempo preguntándonos:
¿Qué tecnología necesita la escuela?
Cuando deberíamos comenzar por otra pregunta:
¿Qué seres humanos necesita ayudar a formar la educación?
Solo después podremos decidir qué papel deben desempeñar los libros, las aulas, los profesores, Internet y la inteligencia artificial.
Porque una herramienta puede cambiar extraordinariamente rápido.
Una institución puede tardar décadas.
Pero las preguntas fundamentales de la educación permanecen.
Y ahora tenemos delante una que puede determinar muchas de las decisiones educativas de los próximos años:
Si pudieras diseñar hoy la educación desde cero, sabiendo cómo funciona el mundo actual y hacia dónde parece dirigirse… ¿qué conservarías y qué cambiarías?
Déjame tu respuesta en los comentarios.
Porque esta conversación apenas comienza.
En el próximo artículo iremos todavía más atrás —no en el tiempo, sino en nuestras propias ideas— para responder la pregunta que debería preceder a cualquier reforma educativa:




No hay comentarios.:
Publicar un comentario
Nota: sólo los miembros de este blog pueden publicar comentarios.